Primer Capitulo. Segunda Parte
Mientras contemplaba tranquilamente aquella pacifica ciudad, comparaba en su mente aquellas figuras arquitectónicas con las de Morelia o Zacatecas y consumía el último palmo de tabaco de un tercer cigarro se acerco el mesero y dejo una nota sobre la mesa al tiempo que explicaba el origen de aquella pequeña carta.
Sigilosamente dirigió la mirada hacia la mesa señalada por el mesero, y pudo observar con alegría que los deseos que él creía remotos ahora acompañaban su débil existencia. Pudo comprobar que la carta estaba firmada por Sherryl Da Cid, y alejo ese temor de alucinación alguna. Al pie de letra la nota decía: "No es nuestra grandeza española la raíz del pueblo mexicano, sin embargo, somos parte importante de su sangre. Sangre llama a sangre, y sé que la tuya hace el reclamo y hoy me llama. Lo sé, pues tal vez extrañamente a mí me pase lo mismo."
Sintió su sangre hervir al terminar de leerlo, sin embargo no apresuro pensamientos, porque bien sabe que las ilusiones son vanas y un hombre sabio es un hombre frió en este tipo de momentos. Sin perder la compostura se levanto de su silla, y sin dibujar ninguna mueca sobre su rostro -actuación fruto de su fatídica niñez- camino hacia la mesa de Sherryl.
-Buenos días, "miladi", gusta que le invite algún trago. -Dijo muy caballerosamente.
-Un Güisqui en las rocas. -Se limito a decir la señorita Da Cid.
Inmediatamente recordó la espantosa resaca que le había provocado los innumerables “güisquis” de anoche, resaca que había olvidado al ver a Sherryl.
Esa tarde fue estupenda para él, "excelsa" diría Sherryl quien de esta manera describió los momentos agradables en compañía de ese buen caballero. Las discusiones fueron inolvidables, y esta vez pudo refutar cuantas frases se le vino en gana.
Desde la frase Nietzschesiana de "La fe es para aquellos que no quieren saber la verdad", pasando por temas filosóficos, políticos, financieros y terminando suavemente con los sentimentales. Cuando menos se dio cuenta estaba de nuevo hundiéndose en la copa servida de una quinta botella de vino, ya había confesado el extraño vomito que apareció en la mañana, su nacionalismo exagerado y la rabia que sintió cuando leyó "grandeza española" en algún "estúpido papel" que llego a sus manos ese día.
La noche paso nuevamente entre carcajadas, excitaciones y resentimientos nacionalistas. Los dos sabían lo que pasaría pero agitaban su asco para que no sucediera.
Y por fin cayo la madrugada y los cuerpos fríos se encontraron en una noche aun más helada, sin embargo no tan desnuda como ellos. Si durmieron en casa de ella o el hotel de él no importa, ellos se habían transportado a otro tiempo y otro espacio. A él tampoco le importaba, solo deseaba poder levantarse y tan pronto como el alba saludara introducir su rígido miembro entre las fauces españolas de Sherryl e investigar cuantos orgasmos podría tener ella en tan solo una eyaculacion.
Tal vez sea tiempo de transportarnos al día siguiente, pues será tiempo de que ellos disfruten de tan hermosa mañana esa sexualidad nacionalista.


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